Las emociones son experiencias subjetivas que muestran cuán significativo es un evento o situación para una persona. Cumplen la función de un "sistema de señales" del cuerpo: ayudan a reaccionar rápidamente a los cambios, incluso antes de que la mente haya tenido tiempo de analizarlos por completo.
Las emociones nos acompañan a diario — desde la alegría y la inspiración hasta la ansiedad y la tristeza. Gracias a ellas, percibimos la vida no solo como una serie de hechos, sino como una experiencia profundamente personal.
Los científicos distinguen emociones básicas que son universales en todas las culturas. El psicólogo estadounidense Paul Ekman propuso seis emociones principales: alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y asco. Estos estados se reconocen fácilmente a través de la expresión facial, los gestos y el tono de voz, lo que convierte a las emociones en una herramienta fundamental de comunicación.
Ejemplo: la alegría de reencontrarse con un amigo cercano suele ir acompañada de una sonrisa y una sensación de calidez, mientras que el miedo antes de un examen puede provocar palpitaciones y sudor en las manos. Estas reacciones nos ayudan a entender qué es realmente importante para nosotros y qué situaciones requieren nuestra atención.
Las emociones se diferencian según varios parámetros: valencia (positiva o negativa), intensidad (fuerza de la experiencia), duración y conciencia. Por ejemplo, una leve irritación puede desaparecer en minutos, mientras que la tristeza tras una pérdida puede durar meses.
A lo largo de la historia, la percepción de las emociones ha cambiado: desde la idea de que debían reprimirse en favor de la razón, hasta los enfoques modernos que reconocen su valor para la salud y el crecimiento personal. La ciencia actual estudia las emociones a través de la neuropsicología y las ciencias cognitivas, analizando el funcionamiento del cerebro y las hormonas. Todo esto confirma que las emociones no son una debilidad, sino una parte esencial de nuestra adaptación y evolución.
"Las emociones no son un lujo, sino un medio de supervivencia. Nos ayudan a tomar decisiones rápidas y a construir vínculos sociales." — Paul Ekman
Por qué es importante: comprender las propias emociones y saber gestionarlas constituye la base de la inteligencia emocional. Esta habilidad ayuda a mantener el equilibrio interno, construir relaciones de confianza y afrontar el estrés de manera más eficaz.